Póker, tarot, azar y actitud

Marc de la Osa 

La partida que no se abandona

Comparo mi vida con una partida de póker. No porque me guste el azar, sino porque, como en el póker, hay cartas que no elijo y una mesa de la que no puedo levantarme.

En el póker no abandonas cuando te da la gana. La partida tiene sus reglas y su duración. Del mismo modo, yo no voy a abandonar la vida hasta que Dios —o la providencia, o el universo, como cada cual lo sienta— me llame. 

Mientras esa llamada no llegue, estoy obligado a seguir jugando. Sentado. Atento. Vivo.Durante la partida, el azar me repartirá toda clase de manos:

Buenas, que me harán sonreír.

- Malas, que me enseñarán a sufrir.

- Sencillas, que parecen no decir nada.

- Mediocres, que invitan al aburrimiento.

- Excelentes, que me subirán el ánimo como una ráfaga de viento.

Ninguna de esas manos depende de mí. Llegan porque sí, porque el repartidor del mundo es caprichoso o inescrutable. No puedo controlar lo que me toca. Pero sí puedo controlar una sola cosa: mi actitud ante ese azar cambiante y fuera de mi control.

Y esa actitud, para mí, tiene un nombre: dignidad.

Jugar con dignidad no significa ganar siempre. Significa no maldecir al destino cuando la mano es mala, no envilecerme por la derrota. Significa no volverse arrogante cuando la mano es excelente, no creerme superior por un golpe de suerte. Significa no rendirse en las manos mediocres, porque incluso el tedio es una carta que hay que saber jugar.

La dignidad es aceptar que no elijo las cartas que me dan, pero sí elijo si las tiro con rabia, las juego con miedo o las apuesto con serenidad.

Porque, tanto en el póker como en la vida, se trata de hacer todo lo posible. Unas veces te repartirán cartas inmejorables, te ayudarán, y todo irá rodado. Otras te caerán cartas horribles y te entrarán ganas de arrojarlas sobre la mesa. Juegas igual. Con lo que tienes. Hasta donde puedes.

Y cuando el tarot —o la corazonada, o el simple asombro de estar vivo— te recuerda que el futuro es cambiante, entiendes que el azar también juega y que las cosas quizá no salen como deseas, a pesar del empeño. Entonces conviene no caer en la culpabilidad ni en el desánimo.Has hecho todo lo posible. 

El resto lo dejas en manos de la providencia.Y sigues jugando. Sentado. Atento. Vivo.

Sabiendo que no me levantaré de esta mesa hasta que la partida termine por voluntad de algo más grande que yo.Y entonces, cuando llegue ese momento, solo espero poder decir:

*He jugado cada mano como si fuera la única. Con lo que me dieron. Y con lo que soy.*